No me enamoré del golf golpeando una pelota. Me enamoré de lo que el golf revela en quienes lo viven.
Cuando imaginé No Puedo Tengo Golf, surgía a menudo una pregunta:
"¿Cuánto tiempo llevas jugando al golf?"
La respuesta casi siempre sorprende.
Todavía no soy golfista.
Y sin embargo, fue el golf lo que dio origen a esta aventura.
Esto puede parecer paradójico.
En realidad, no fue el gesto lo que me atrajo en primer lugar.
Es lo que este deporte cuenta.
A lo largo de los meses, descubrí un universo donde se habla tanto de respeto como de rendimiento, tanto de transmisión como de competición, tanto de placer como de resultado.
Allí conocí a mujeres y hombres profundamente apegados a su club, a su territorio, a su profesión. Directores, encargados de mantenimiento, profesores, jugadores... Todos diferentes, pero a menudo animados por un mismo deseo: tomarse el tiempo para hacer las cosas con esmero.
Esta forma de ser me habló de inmediato.
Quizás porque padezco el síndrome de Asperger.
Siempre he necesitado momentos de retiro, silencio y concentración. Me gusta dedicarme por completo a una tarea, observar los detalles, buscar el gesto correcto y olvidar el ruido del mundo por unos instantes.
Al descubrir el golf, reencontré algo de esa forma de habitar el tiempo.
Un recorrido invita a caminar en lugar de correr.
A reflexionar antes de actuar.
A aceptar que no todo es perfecto.
A volver al momento presente.
No digo que el golf sea un deporte hecho para personas Asperger.
Simplemente digo que, en mi propia historia, reconocí en él una forma de serenidad que me era familiar.
Y creo que fue esa serenidad la que me dio ganas de ir más allá.
De crear una marca.
De conocer artesanos.
De dar a conocer Ardèche y su saber hacer.
Porque en el fondo, nunca quise crear una marca de ropa.
Quise contar una cierta idea del tiempo.
Un tiempo donde se cuida lo que se hace.
Un tiempo donde se prefiere transmitir antes que impresionar.
Un tiempo donde un objeto cuenta una historia antes de convertirse en un producto.
El golf me abrió esta puerta.
No por el rendimiento.
Por la humanidad.
Por eso, para mí, el golf es mucho más que un deporte.
Es un arte de vivir.